Colgados de un barranco
Ayna aguarda al viajero en una profunda garganta abierta al curso del río Mundo
 

 



Texto y fotos: José María Galiana
15/03/2003
 

Hasta la llegada de los romanos que buscaron la fertilidad de valles y llanuras, el hombre buscó el amparo de cerros donde edificar su poblado y repeler los ataques enemigos. Sobre estos asentamientos, la mayoría de ellos fortificados, los musulmanes levantaron castillos aprovechando la verticalidad de riscos inexpugnables, muelas que dominaban pasos estratégicos, cantiles situados en las inmediaciones de los ríos.

En los territorios que pertenecieron al antiguo Reino de Murcia hay muestras de lo apuntado en Almansa, Benizar, Villena, Letur, Socovos, Férez, Liétor, Ayna o Yeste. Al arrimo de estas fortificaciones se crearon núcleos de población que, tras la reconquista, buscaron la comodidad del llano. No todos. Los más alejados permanecieron en agrestes oteros, abocados al vacío, colgados de un barranco o agarrados a la ladera de una loma coronada por las ruinas testimoniales del castillo.

La ruta de esta semana nace en la ceñida carretera que une Calasparra y Socovos. Más al norte, camino de Ferez se cruza el río Moratalla, apenas un hilo de agua entre las pardas sembraduras, y a la altura de Tazona hay vides, olivos, almendros y un riachuelo. Hay que pasar el centro turístico El Cañar para divisar los restos del castillo de Socovos, de base almohade y culminación cristiana en su torre del homenaje. En el municipio hay vestigios de iberos y romanos, pero la población es musulmana; cedida a la orden de Santiago, fue cabeza de una encomienda que incluía Letur, Férez, Liétor y la Abejuela.

A tres kilómetros se encuentra Férez, otro pueblo conquistado por Fernando III y entregado a los santiaguistas. Villa desde 1488, su centro urbano conserva la traza árabe. Férez tiene espacios naturales propicios para el senderismo, la pesca, el baño o la vela, como el paraje del Atajadero, el arroyo de la Mora, el delicioso puente de Hijar y la Alcantarilla de Jover, fértiles tierras que ahora aparecen cubiertas por el embalse del Cenajo.

Letur, abocado al vacío

Quizá sea esta localidad, con su blanquísima judería, la más pintoresca de todo el recorrido. Se asienta sobre un sobrecogedor escarpe rocoso que se eleva desde el vacío más de un centenar de metros. Fortificado por los romanos, los árabes levantaron el castillo en el siglo XII; tras la reconquista, Fernando III la entregó a la orden de Santiago y a ella perteneció hasta el siglo XIX. El casco viejo se ennoblece con la iglesia de Santa María, construída entre los siglos XV y XVI. Si bien el conjunto es gótico, la fachada, austera pero muy armoniosa, pertenece al renacimiento; la piedra, ennegrecida por la lluvia y la humedad, le confiere un especial encanto. El interior es otro ejemplo de sencillez; apenas hay imágenes y la luz se cierne por los ventanales del coro y el altar mayor. Junto a la iglesia está el Ayuntamiento; edificado en el siglo XVI.

Desde esta plaza al mirador que se asoma al vacío, el caminante cruza un silencioso entramado de callejas y azucaques, tan angostas a veces que sólo una persona puede cruzarlas. La cal de las fachadas alegra el trayecto, y los limpios baldosines, los balcones cuajados de geranios y gitanillas, los visillos de las ventanas, los zócalos, las ristras de pimientos secándose al sol y el olor de guisos ancestrales transmiten una antigua paz. Uno se siente bien en Letur apenas pasa bajo el arco de piedra con almenas que oculta la fuente de las Moreras, sonoro manantial que genera esa profusión de saltos, fuentes, charcos y pequeños estanques con patoss.

El agua del Malecón riega los huertos de hortalizas, legumbres, frutales y alfalta; el olivo, el almendro y el cereal constituyen sus cultivos de secano. También hay pinares en el término municipal, y encinas, jaras, tomillos y romeros que descienden hasta los cortados del río Segura.

Yeste, en lo más alto


Anclado a un agudo peñasco, se alza el castillo de Yeste, fortaleza de origen musulmán reforzada en el siglo XIV con elementos defensivos exteriores y una torre del homenaje en cuya puerta se ven los escudos de armas de la orden de Santiago y de la familia Figueroa.

El patio de armas tiene doble galería y una hermosa ventana con parteluz que presidía la estancia principal del castillo. A sus piés, bajando por una calleja de trazado medieval, sorprende la iglesia de la Asunción que, como la de Moratalla, tiene toda la traza de una fortaleza: fachada sobria con arquería y las armas de Carlos V, muros de notable grosor, varias alturas y elevados ventanucos.
Conquistada a los musulmanes en 1242, su referencia documental más antigua está fechada al año siguiente, cuando Alfonso X cedió el castillo a la orden de Santiago, convirtiendose años después en centro político y religioso de una amplia comarca a la que pertenecían Nerpio, Taibilla, Letur, Liétor, Férez y Socovos.

Liétor, sobre un peñasco


El Talave, situado en plena sierra del Segura, pertenece al término municipal de Liétor, pueblo serrano encaramado sobre un espectacular risco dolomítico que se eleva un centenar de metros sobre el cauce del Mundo y domina un fértil valle. Liétor tiene censados 2.500 vecinos y ofrece al viajero sus calles quebradas y angostas con casas de tapial, tejados de adobe, alguna portada de sillería y un legado artesano de origen islámico. La iglesia de Santiago (siglo XVI), el edificio de más realce, atesora un retablo de trampantojo, un ejemplar único de órgano barroco protagonista del certamen de conciertos que tiene lugar en primavera, y un museo parroquial que guarda unos candiles árabes del siglo XI decorados con cabezas de animales.

Paseando por sus calles salen al paso algunas casas blasonadas y el convento de los Carmelitas Descalzos, fundado en el siglo XVII: entre sus bienes hay una imagen de la virgen del Carmen tallada magistralmente por Francisco Salzillo. Aún queda por visitar, en la parte más alta del pueblo, la ermita de Belén (siglo XVI), en cuyo interior, acaparando techos, paredes, sacristía, camarín y escaleras, se encuentran los mejores frescos de la provincia de Albacete, escenas bíblicas pintadas entre 1734 y 1735 por los carmelitas del precitado convento.

Ayna, a vista de pájaro

Ayna aguarda al viajero en una profunda garganta abierta al curso del río Mundo. Desde el mirador del Diablo, a vista de pájaro, se distingue el enjambre de calles estrechas y empinadas que dan forma a este pueblo pintoresco donde los haya, con una torre paredaña a la iglesia de la patrona, la virgen de los Altos, restos de la muralla árabe y casas abalconadas a la escalofriante garganta que surca el Mundo, y es que antes de llegar al Talave, el río se ciñe por cañones de gran espectacularidad y riega los huertos de Royo Odrea, aldea que es antesala de un paisaje más abierto y holgado, de luminosos horizontes.


 

DATOS

LETUR, LIETOR, AYNA, YESTE
De Murcia a Calasparra hay 72 kilómetros, a Socovos 35 más, y 18 hasta Letur. Al norte, Liétor y Ayna quedan más alejados, y deben ser objeto de otro viaje. En Férez son célebres los encierros de toros a primeros de octubre y la repostería tradicional: fritillas, hojuelas y suspiros. La iglesia de la Asunción de Socovos (siglo XVI) tiene una sola nave cubierta de madera y un singular púlpito plateresco; en la iglesia moderna se guardan algunas imágenes de vestir esculpidas en el taller de Salzillo. Las pinturas rupestres de Letur localizadas en el municipio ponen de manifiesto la presencia del hombre desde época neolítica. El ayuntamiento tiene dos arcos y algunas inscripiones referidas al rey Amadeo I, a la Constitución y a unos premios de embellecimiento concedidos en los años 1973 y 1997. A mediados de agosto, los mozos corren a las vacas. En Liétor, Posada Maruja, Plaza 16, (967 / 200 039) hace una honrada cocina tradicional manchega: atascaburras, ajo mataero,

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