<
Un remolino inclina peligrosamente la frágil unión de
cámaras de neumático, cinta aislante y red de seguridad que conforma la
embarcación Cordada. Sus cuatro tripulantes parecen dominar un instante
la situación, pero el río los empuja contra una roca y acaban volcando.
«¡Cuatro!», grita un miembro de la seguridad desde la ribera y un
centenar de personas contiene la respiración hasta que el cuarto casco
azul emerge de entre las espumas del Segura.
Adrenalina en estado puro y en plena naturaleza. Es el descenso del
Cañón de Almadenes, una iniciativa que surgió hace 18 años en el seno de
la Organización Juvenil Española (OJE) de Cieza. Andrés Hurtado, el
coordinador del recorrido, trata de que nada falte a los 80
participantes, venidos de puntos tan dispares de España como Teruel,
Barcelona o Alicante. «Esto es un poco más manejable, en 1999 tuvimos
bajando a 200 personas», recuerda Hurtado.
Nada que ver con aquel descenso pionero, en una balsa de bidones
atadas con tensores, que afrontaron seis valientes en 1985: «Tuvimos
suerte de que el río no bajara con agua», rememora José Buitrago, uno de
ellos, «porque si no, nos ahogamos». Un destino fatal que tres
alicantinos encontraron entre los rápidos de Almadenes en 1990, cuando
sin preparación ni supervisión y fuera de la prueba oficial, se lanzaron
a la fuerte corriente.
Límite de participación
Aquel suceso endureció la disciplina de la organización. La
Consejería de Medio Ambiente también puso su granito de arena al
declarar el cañón paraje natural y limitar a 20 embarcaciones y 80
personas la participación en la prueba. Casco, chaleco y red de
seguridad son condición indispensable para todos los que se atreven con
el descenso.
La experiencia también ha aportado seguridad al recorrido. Después de
18 años, los bidones han dejado paso a auténticas maravillas de la
ingeniería artesanal, confeccionadas con cámaras de neumáticos
reforzadas con materiales que van desde la cinta aislante más
tradicional a la fibra de vidrio de la tecnología espacial.
Los organizadores cuentan con el apoyo en el dispositivo de seguridad
y control de los grupos operativos de rescate de Montaña y Subacuático
de la Dirección General de Protección Civil, además de personal
sanitario de Cruz Roja y una dotación de bomberos. Sin embargo, y debido
al poco caudal que el Segura llevaba, sólo ha habido que lamentar alguna
contusión, varias rozaduras y muchas espaldas quemadas por el sol.
«Algunos de los participantes se echan atrás cuando ven lo que les
espera tras la presa, pero son los menos», afirma otro de los miembros
de la organización, Pedro Ríos. El estruendo del agua cayendo en un
desnivel de 20 metros es el sonido ambiente que preside toda la reunión.
Pero el cañón es sólo una etapa de un viaje que comenzó el viernes y que
hoy culmina en Abarán.
Los expedicionarios partieron en sus embarcaciones del puente de
hierro de Calasparra, donde una multitud despidió a la flotilla. Antes,
concentración en el campamento base, recomendaciones prácticas de
navegación y primera cena de confraternización: «Conocer gente de otros
lugares y con las mismas aficiones es también un aliciente para venir»,
comenta uno de los navegantes.
Belleza salvaje
El Segura, aún majestuoso y juvenil, serpentea por parajes de
incomparable belleza y acerca a sus huéspedes hasta lugares inaccesibles
si no es a través del cauce, como una cueva con pinturas rupestres o
zonas de anidación de aves. En esta primera etapa, los remos ayudan a
una corriente perezosa y lenta.
La presa de Mulata marca el principio de la aventura. Los
improvisados botes salvan el desnivel con cuerdas y comienzan a salir en
intervalos perfectamente regulados para no crear peligros añadidos a los
rápidos. En ese momento, el corazón late con fuerza y cuando el agua
acelera su curso en lo que los participantes llaman el zig-zag y el
tobogán, la adrenalina se dispara.
Vicente Millán, uno de los turolenses que volcaron, anima a sus
compañeros, vuelve a subir al bote y grita: «¡Venga, que ya estamos!»>