Por tierras del noroeste murciano
Fuentes del marqués. Paraje natural, ofrece un completo inventario de las especies arbóreas de las tierras altas de Murcia

Texto y fotos: José María Galiana
15/11/2003

La autovía del noroeste ha hecho añicos la barrera que, secularmente, separaba el valle del Segura de las llamadas tierras altas de Murcia: términos municipales de Bullas, Cehegín, Calasparra, Caravaca y Moratalla, que ahora quedan a tiro de piedra y muestran un nuevo rostro. El viajero descubrirá que el tiempo ha pasado de puntillas por algunos caseríos, aldeas e incluso poblaciones, como si el tiempo se hubiera detenido al pie de las nieves y los pinares, en las casas de labor, en los pliegues cuarteados de las serranías, en los ríos de agua helada y cristalina.

UN FULGOR DE PIEDRA. A lo lejos, el alcázar de Caravaca es un fulgor de piedra. La torre, la galería y las buhardillas transmiten al viajero un aire medieval. Caravaca es parada obligada. / J.M.G

El paisaje de Bullas proclama su identidad viticultora, no en vano, aquí hay constancia de la existencia de viñedos desde el año 800, aunque los musulmanes los arrancaron y sustituyeron por otros cultivos. En el alto del Carrascalejo, en un paraje de quejigos, olmos y fresnos, el marqués de Pidal inició a mediados del siglo XIX la tradición familiar de cultivar sus viñedos y comercializar el vino partiendo de métodos artesanales: da realce a la finca un palacete del siglo XIX fortificado, con sólidas garitas en las esquinas para hacer guardia y defenderse de los bandoleros.

La primera referencia histórica de Bullas se remonta a 1254, cuando Alfonso X entrega el castillo «a la ciudad de Mula»; pero extraña saber que en 1596 sólo había un censo fiscal de tres familias y dependía de Cehegín. La carencia de población perduraría hasta que Carlos II, en 1690, le otorgó categoría de villa con jurisdicción cerrada; fue en esos años cuando se empezó a construir la iglesia del Rosario, cuya torre se espiga entre los tejados de la población.

Pasado el alto del Carrascalejo aparece Cehegín. En sus campos florece la murta, la encina y el romero, la tierra se torna rojiza y el verde de los pastos parece un tapiz de esmeraldas. En el cerro del Puntarrón, donde se asienta la villa, la cultura brota de sus calles como una antigua heredad; en la plaza de la Constitución, a la que se asoman la iglesia de la Magdalena y el palacio de los Fajardo, hace siglos hubo un castillo edificado sobre amplios sillares de jaspe y mármol. Según el padre Ortega, se trataba de «una fortísima muralla adornada, al mismo tiempo que fortalecida, con 32 torres. Abrazaba todo el pueblo, para donde se bajaba por sola una puerta, que tenia dos cubos o torres fortísimos, las que hoy vemos aunque muy quebrantadas, y un foso muy alto y profundo, al que daba paso una puente levadiza».

PARAJE IDÍLICO. Las fuentes del Marqués, en Caravaca, un paraje bucólico que invita a soñar. / J.M.G

Conviene hacer un alto en el camino y disponerse, nuevamente, al asombro, pues al dejar el municipio al que la tribu de los Zenehegíes dio nombre, se observa, recortado en el horizonte, un castillo de gruesas murallas, nueve torres y tres torreones con una sola puerta al poniente, flanqueada por dos torres cuadradas. Es el castillo de Caravaca, reino en el año 700, encomienda de los templarios, santiaguista, mora, cristiana y fronteriza.

Ennoblece el patio de armas un santuario de fachada barroca con mármol rojo de Cehegín, que empezó a construirse en 1617 y acoge la Vera Cruz, venerada reliquia de cuatro brazos que es santo y seña de la ciudad. Desde esta excepcional atalaya se contempla la Caravaca medieval, de cuyos tejados espigan la iglesia de la Soledad, reconvertida en museo Arqueológico, y la airosa torre de la iglesia arciprestal de El Salvador (siglo XVI), obra cumbre del renacimiento murciano que no llegó a construirse tal y como la trazó Pedro de Antequera; es de planta cuadrada de grandes proporciones y cuenta con cuatro espectaculares columnas nervadas, de estilo jónico, y bases de mármol.

La concesión de Año Jubilar ha concitado la presencia en la ciudad de miles de peregrinos. Es imperdonable ir a Caravaca y no visitar las Fuentes del Marqués, ahora que caen lentas y pausadas las hojas de los olmos que dan sombra a la Corredera, glorieta presidida por san Juan de la Cruz, evocación de sus paseos desde la Puerta de Mayrena a las Fuentes del Marqués, paraje natural de especial belleza.

Una luz muy limpia y brillante ilumina las frondas de este paraje boscoso que atesora todas las especies arbóreas del noroeste murciano, anilladas las más incipientes para que jóvenes y mayores conozcan su nombre. Cada año, promediado el otoño, el que suscribe vuelve a pasear bajo las alas verdes y amarillas de los plátanos de Indias que flanquean el canal, pisa la alfombra de hojas secas y crujientes que cubre las laderas y los caminos de tierra, toma asiento en una de las rotondas donde mana el agua, y se siente vivo.

TRADICIÓN Y MODERNIDAD. En el valle de Los Ceperos, al pie de la sierra de Lavia, en una bodega de estética moderna se elabora vino ecológico. /J.M.G

Cualquiera de los caminos que conducen a este paraíso, el del Huerto o el de Mayrena, es sólo un apunte de lo que se avecina: un tupido bosque de árboles, algunos de ellos centenarios, surcado por un canal de agua pura y cristalina que riega las huertas de Caravaca y de Cehegín (es la suma de cuatro nacimientos que aportan un caudal medio de 320 litros por segundo, el más importante de la Región tanto por su caudal como por la calidad del agua).

En la ribera del Argos

Junto a la sierra del Molino, en la ribera del río Argos, sale al paso Calasparra y sus célebres arrozales. Cobijo de antiguas civilizaciones que dejaron su huella en la cueva de los Monigotes, y tierra de embalses, en este municipio pueden visitarse tres: Quípar, Argos y, un tanto más alejado, el Cenajo, en cuyas aguas se pescan el barbo, la carpa y la trucha.

Un río Segura de aguas someras y cristalinas cede sus orillas para el baño, a su paso por el santuario de la Esperanza – el más visitado de la Región y el cuarto de España–, paraje natural excavado en la sierra donde se venera a La Pequeñica, que así llaman a la patrona. El casco viejo es un laberinto de callejas de trazo árabe que contrastan con los nuevas avenidas. Por tener, Calasparra conserva una explotación salinera, pero lo que aquí prevalece, lo que se impone es el arroz, único de los del mercado con denominación de origen.

A 11 kilómetros de Calasparra y cerca de las tierras de Albacete, se encuentra Moratalla, en un terreno alto, de clima sano y de noble historia. Dominando el casco histórico sobresale el castillo, edificado en el siglo XV por los caballeros de la orden de Santiago, y la iglesia de la Asunción, mitad renacentista, mitad barroca, levantada sobre un mirador que domina el valle, una vista inolvidable. Lugar codiciado después de la reconquista, su situación geográfica le deparó una historia distinta a la del valle de Ricote, y su natural disposición estratégica le hizo participar de las ventajas y peripecias bélicas que realizó al mando de una aristocracia leal a la monarquía. Baltasar de Zúñiga, comendador de Moratalla a principios del siglo XVI, favoreció a la ciudad y consiguió el respeto de los pueblos vecinos.

PORTADA DE MÁRMOL. Fachada del Santuario de la Vera Cruz,. / J.M.G

El municipio, de gran extensión, ofrece al caminante lugares de inusual belleza, como el pueblo y el castillo de Benizar, el valle de Hondares, la rambla de la Rogativa, Revolcadores, el pico más elevado de la Región (2.008 metros), o el delicioso Campo de San Juan, testigo a primeros de julio del paso de reses bravas por el cordel de Cehegín, vía pecuaria que se adentra en Murcia por el páramo de El Sabinar, cruza el recién nacido río Alhárabe y se ensancha en el Campo de San Juan. Integran la manada vacas, algunos erales y la correspondiente parada de bueyes que, al arrimo de pastores y garrochistas, vienen desde Santiago de la Espada dejando a su paso un rumor de esquilas y ladridos. Tras hacer noche, se dirigen al cortijo de La Canaleja, a siete kilómetros de Moratalla, en cuyas corraletas guardan el ganado ante la euforia de los moratalleros que mantiene la tradición de salir al campo a merendar y a ver las muy astifinas vacas que traen a los encierros.

En la serranía del noroeste hay áreas naturales de máximo interés. Aun diezmadas por los cazadores furtivos, aquí encuentran abrigo las últimas cabras monteses. En la Serrata y en el collado de Orbarroya se ven ejemplares milenarios de sabina albar; en las laderas de la peña de Moratalla están los mejores carrascales; pinos de Cazorla en las cumbres y en la sierra de Villafuerte abundan endemismos béticos.

El otoño es la mejor estación para subir a Moratalla, ahora que el pino negral, la sabina, el roble y el olivo compiten en verdes, el álamo, el nogal y el albaricoquero en ocres y amarillos, y ponen la guinda los arces, apenas ese centenar que subsiste en las serranías de Villafuerte y la Muela.

Dormir en una cueva

El Fortín. Puede alojarse en el Hotel Cenajo*** (72 10 11), un hermoso edificio junto al pantano con pistas de tenis, squash, equitación, sauna, piscina de verano e invierno, pesca, billar, bicicletas de montaña y restaurante.

Pasico de Ucenda del río Mula. / J.M.G.

El cámping La Puerta (968/73 00 08) a 8 kilómetros de Moratalla, permanece abierto todo el año parque infantil, supermercado, cabañas de madera y una frondosa pinada.

Rte. Avenida, en Bullas (Avda. de Murcia, 19. . 968 / 65 23 45 . Cierra jueves, especialidad en marisco, carnes ypescados).

• El Olivar, en Moratalla (Ctra. de Caravaca, número 50. 968 72 40 54, risotto con setas)

• Albergue de las Fuentes del Marques,) o Rincón de Paco en Caravaca ( C/. Lonja. 968 70 83 90. Cierra martes). Cayetana Cehegín. 968 740 274. Cierra domingos y festivos).

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