El Estrecho de las Cuevas

El río Quípar discurre perezoso entre las paredes del cañón, junto a la calzada romana
 

 


Texto: José María Galiana
22/07/2002

El río Quípar, afluente del Segura, nace a 1090 metros de altitud, en los faldones de la sierra de la Zarza (Hoya de la Junquera, Caravaca), recibe los aportes de diversos arroyos y barrancos, riega los pequeños huertos familiares y las sementeras de las pedanías de Almudema, Pinilla y Prados, y a la altura de La Encarnación abre una profunda garganta conocida inicialmente por el Estrecho de las Cuevas, paraje de singular belleza habitado sin interrupción desde la cultura del Argar (1700 a. C.) hasta nuestros días. No es la mejor época para visitarlo, pero lo escarpado del cañón, sus cuevas fortificadas, la enmarañada vegetación ribereña y el régimen torrencial del río hacen de este enclave geográfico un lugar de interés paisajístico, además de su valor medioambiental, histórico y estratégico.

José Antonio Melgares y Amparo Martínez lo recogen en Historia de Caravaca a través de sus monumentos, obra merecedora de ser reeditada, en cuyas páginas se hacen eco de que en el Estrecho «existieron tres populosas ciudades agrícolas sobre las que el Pueblo Romano prevaleció levantando, donde hoy existe en ruinas, la vieja ermita de la Virgen, un majestuoso templo tetrástilo, de orden jónico, que la civilización cristiana adaptaría al culto católico en el siglo XVI». Se referían a la Placica de Armas (cultura argárica, 1.700 a. C.), cerro amesetado defendido por una doble muralla, y Villaricos (ibérico: de difícil acceso por estar en el mismo Estrecho), dos alturas situadas en la margen derecha del río Quípar, que dominan a uno y otro lado el antiguo camino de Granada; a ellos hay que añadir Lacedemón, que fue municipio romano, la Cueva del rey Moro, excavada en la pared que constituye la defensa natural de Villaricos, y el cerro de la Ermita donde se edificó el templo. Elevado junto al desfiladero de las Cuevas, y bañado por las aguas del río Quípar en un paso natural que comunica las tierras levantinas con las de la alta Andalucía, esa construcción está considerada el santuario tardo-republicano más importante y mejor documentado del occidente mediterráneo (desde 1980 tiene la condición de monumento histórico artístico nacional).

La ermita de la Encarnación se halla a 13 kilómetros de Caravaca y a 900 metros de altitud. Levantada en el siglo XVI sobre las ruinas del precitado templo romano, en aquellos años se llamaba la Ermita de las Cuevas, y habrían de transcurrir dos siglos, después de otra reconstrucción, cuando modificó su nombre por el de Ermita de la Encarnación.

Fue durante las campañas arqueológicas dirigidas en 1990 y 1993 por Sebastián Ramallo y Francisco Brotons, cuando se identificó la existencia de otro templo de menores dimensiones edificado junto al anterior, y de las dos canteras de piedra explotadas por los romanos para ambas construcciones. En el yacimiento se documentaron numerosas cerámicas pintadas con decoraciones geométricas, ex votos y otros objetos de culto, entre los que cabe significar unas figuras calizas que representan a guerreros iberos y algunas mascarillas de terracota recortadas que probablemente formaban parte de vasos destinados a ofrendas.

Ambos templos son de orden jónico. El pequeño sólo conserva los cimientos del habitáculo interior, realizado con grandes sillares, y restos de un pavimento de mortero vertido en su parte anterior, de la que aún se aprecian sus dimensiones por estar recortada en la roca. Por lo que se refiere al templo sobre cuyos muros se cimentó la ermita, existen tres fases constructivas que engrandecieron la obra. De la primera, que data de la primera mitad del siglo II a. de C., únicamente se conserva parte del pavimento de mortero, pero se encontraron restos decorativos traídos de talleres de Roma para revestir la viguería de madera de los techos, adornadas con palmetas y flores de loto, así como pequeñas cabezas cerámicas que se colocaban en los aleros del tejado con representaciones de sátiros y sirenas.

El templo emerge, impactante, en un claro del pinar, dominando un paisaje apacible y solitario, sobre tierras de labor cercanas a Benablón y bañadas por la acequia del Sangrador, entre las sierras de las Cabras, del Gavilán y la cuerda de la Serrata. Durante la segunda fase, (finales del siglo I a. C.) se terminó un edificio con cuatro columnas en la fachada, y en la tercera fase (siglo I a.C) se amplió para agregarle una nueva plataforma enlosada en sus laterales y el extremo posterior, transformándose en un templo de ocho columnas en su fachada y diez en los laterales. Las columnas eran de fuste estriado, apoyadas sobre basas áticas sin plinto y coronadas por capiteles jónico-itálicos con cuatro caras iguales y volutas en diagonal.

El templo que dio origen a la Ermita de la Encarnación tiene una superficie de 27.30 por 17.20 metros. Emplazado en un paisaje y un entorno muy apropiado para ceremonias destinadas a una divinidad cuya naturaleza, origen y advocación se desconoce, el lugar ha mantenido siempre su carácter religioso. En época islámica debió ser habitado por algún santón o morabito, y posteriormente por algún eremita cristiano, hasta que sobre las ruinas del templo de mayores proporciones se reconstruyó en el siglo XVI la ermita, que a mediados de los cincuenta fue cerrada al culto por la precariedad de su estado.

El río Quípar discurre perezoso entre las paredes verticales del cañón, junto al camino viejo de la Encarnación, primitiva calzada romana por donde discurre una romería de gran arraigo en la comarca. Antes se celebraba el día de la Candelaria (coincidía con la que aún se celebra en el eremitorio de La Luz, en El Valle, construido también en las inmediaciones de un santuario ibérico) pero en la década de los cuarenta se trasladó la fecha al Domingo de Resurrección y en los últimos años ha perdido su señas de identidad: suben a la Virgen acompañada de una banda de música, la colocan en una basa del templo, ofician una misa, hacen arroces y bailan a los sones de Paquito el Chocolatero.

Tierras de tránsito, más abajo, cerca del camino viejo de la Encarnación, sale al paso la Torre Jorquera, en la cortijada del mismo nombre. Data del siglo XIII, como la de los Alcores, y tenía como misión hacer hogueras para avisar a los defensores del castillo de Caravaca de la presencia de musulmanes en los valles de los ríos Argos y Quípar.

Cueva del Rey Moro
Se trata de una cueva abierta a la cara oeste de Villaricos, a unos quince metros de altura sobre el curso del río. Utilizada en el siglo XII como puesto vigía para controlar el paso del Camino Viejo de la Encarnación. La cueva tiene unos diez metros de profundidad y 13 de luz. Aprisco de rebaños, las saeteras del muro revelan su construcción musulmana. La leyenda atribuye a esta cueva haber dado amparo a un rey musulmán que prefirió vivir en soledad con su favorita, alejado de la corte de Caravaca.

 

DATOS
LAS FUENTES DEL MARQUÉS
Las Fuentes del Marqués es un paraje natural de 18 hectáreas situado en las faldas de las sierras del Gavilán y del Buitre, a tres kilómetros de Caravaca. Declarado sitio histórico por los servicios de Patrimonio, ofrece al visitante un albergue, restaurante y un torreón templario del siglo XVI reconvertido en Centro de interpretación de la naturaleza, a partir de tres ecosistemas muy definidos. Pasado el olivar, a la entrada, hay un panel que indica 4 senderos de pequeño recorrido (PR). El Centro de Interpretación de la Naturaleza se encuentra en el torreón de los Templarios (para visitar por grupos o concertados hay que llamar a la oficina de Turismo: 968/70 10 03). Dispone de cuatro salas que informan acerca de la vegetación, la fauna, los paisajes y los sistemas ecológicos de la comarca. Caravaca tiene 21.000 habitantes y dista 75 kilómetros de Murcia. En Noratur (902/106 600) facilitan alojamientos rurales. El Hotel Central (968/707 055) está en el centro de Caravaca. (44/64 euros habitación doble). A un costado se halla El Rincón de Paco, bar restaurante decorado con motivos taurinos. El restaurante Los Viñales (968/708 458) elabora sabrosos guisos tradicionales de la zona. En la popular calle de las Monjas, cuajada de casonas con escudos heráldicos, se encuentra la oficina de Turismo (968/702 424). E-mail: info@caravaca.org.